A poco no, a todos nos gusta personalizar nuestras cosas y nuestros espacios. Desde que aprendimos a razonar y a exteriorizar nuestros pensamientos en palabras, hemos dictado lo que nos gusta de lo que no. Y cuando tuvimos la edad -y el permiso de nuestros padres o tutores-, empezamos a arreglar ese cuarto genérico en algo más de nosotros. Muchos terminamos con cuartos verdaderamente únicos, otros no tanto, pero si con un toque personal.
La cosa no para ahí; nuestros cuadernos escolares, mochilas y portafolios tenían que ser distintos a los demás. Cuando crecimos y empezamos a usar computadoras, el wallpaper que usábamos era tan importante como tener un procesador de palabras u hoja de cálculo instalado en la PC. Nuestro fondo de escritorio decía mucho de nuestra persona, y todavía lo hace.
Cuando tuvimos coche, para muchos era muy importante diferenciarse de los millones de autos que salieron en serie esa misma tarde de la fábrica. Los que pudieron le pusieron rines caros y deportivos, los que no al menos un sticker en la parte trasera que dijera ¡hey, este es mi coche!.
Hoy, ya más grandes, seguimos usando la ropa a nuestro antojo para ser distintos a los demás. Nuestras notebooks traen uno o varios stickers, porque la manzana blanca ya no es suficiente, y nuestros espacios en la web suelen tener diseños exclusivos o al menos no tan ordinarios en donde el logotipo refleje lo que queremos dar de nosotros. Algunos incluso vamos un poco más lejos y cambiamos hasta la tipografía, sin perder nunca la usabilidad.
Sí, a todos nos encanta tener nuestras cosas y espacios de trabajo y virtuales; personalizados y listos para destacar de los demás y, aunque no tengamos éxito, no dejamos de intentarlo, ¿o me equivoco?

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